TdQE VII: CRESPO.

Los Crespo, al igual que los Sabater, constituyen uno de los linajes más antiguos de Novelda, pues ya se encontraban en el pueblo a mediados del siglo XVI. En efecto, sabemos que en 1570 Luis Crespo i Soler se casa con Ysabel Sanjuán en la iglesia de San Pedro, todavía a medio construir. De él solo conocemos el nombre de sus padres, Luis Crespo y Ginesa Soler, pero no sabemos si nació en Novelda o vino de otro lugar, que en este caso probablemente sería Elda, pues unos años más tarde llegaron, desde esta ciudad, Pedro y Domingo Crespo, hermanos o primos y muy probablemente emparentados con Luis. De estos tres Crespo descienden la gran mayoría de los apellidos Crespo que hay Novelda (no todos, pues hay otra línea llegada en 1883, procedente de Petrer, que también ha perdurado hasta hoy, aunque en menor número que la línea anterior). Luis Crespo e Ysabel Sanjuán tendrán un hijo alrededor de 1575, también llamado Luis, que será el primer Crespo nacido fehacientemente en Novelda.


En la boda de Luis e Ysabel (1570) es muy probable que el principal tema de conversación fuera la situación en Las Alpujarras, pues la rebelión morisca dura más de un año y no se dan visos de solución. Las relaciones entre los poco más de 200 cristianos y los 1.200 moriscos que por entonces poblaban Novelda también debieron verse afectadas, sobre todo cando el sultán Selim II declara la Guerra Santa por la reconquista de Al-Andalús y, en apoyo de los sublevados, envía 4.000 guerreros desde Árgel, prometiendo más tropas para cuando termine la conquista de Chipre, en cuya toma se encuentra ahora ocupado. Ante el fracaso del marqués de Mondéjar, Felipe II lo destituye y envía a su hermanastro don Juan de Austria al mando de los tercios de Italia y de Levante. Don Juan, que entonces solo tiene 21 años de edad, entrará a sangre y fuego en Las Alpujarras, pasando a cuchillo a todos los hombres y tomando cautivos a mujeres y niños. Los moriscos que sobrevivieron, unos 80.000, fueron deportados y redistribuidos por el resto de la península, principalmente por Castilla y Andalucía, pero también por la Corona de Aragón, incluida Novelda.


La rebelión de Las Alpujarras y la pérdida de Chipre situaron en primer plano la necesidad de acabar con el dominio turco en el Mediterráneo (ver capítulo de los Miralles), un dominio de hierro que ya duraba medio siglo pero que había mostrado su primera grieta durante el Sitio de Malta (1565), cuando una flota de 193 galeras y 30.000 soldados fue rechazada por sus 6.000 defensores, que estaban liderados por los caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén (orden en la que 150 años después ingresará Jorge Juan). La resistencia al brutal asedio es una de las mayores gestas militares de la historia, así como su liberación por parte de la armada real española, dirigida por Andrea Doria y con la decisiva intervención del almirante Álvaro de Bazán (más tarde marqués de Santa Cruz, aquel que “se construyó un palacio en El Viso, porque pudo y porque quiso”).




Con el objetivo de acabar con el dominio turco en el Mediterráneo, España, Venecia y El Papado crearon la Liga Santa, la cual consiguió formar una armada de 315 galeras que embarcaban 30.000 soldados, la mitad de ellos españoles. Bajo el mando del generalísimo don Juan de Austria, la flota combinada, dirigida por Andrea Doria, tenía su principal fuerza en la armada real española a las órdenes de Álvaro de Bazán, mientras que Alejandro Farnesio y Luis de Requessens mandaban los tercios embarcados. La flota encontró a los turcos al oeste del istmo de Corinto, en Grecia, en el golfo de Lepanto. Allí esperaban 380 galeras con 50.000 soldados a bordo, y allí, en la que será una de las grandes batallas navales de la historia, La Liga aniquiló a la flota del sultán, de la que solo se salvaron 30 galeras. El poder turco en el Mediterráneo había llegado a su fin. Con la victoria de Lepanto, la monarquía española alcanzó su cénit: a la hegemonía en el continente europeo, que ya ostentaba desde la paz de Cateau-Cambrésis de 1558 (ver capítulo de los Cantó), se une ahora el dominio del Mediterráneo, una hazaña enteramente atribuible a Felipe II, que superaba así lo conseguido por su padre el Emperador.


La victoria de Lepanto y el final de Las Alpujarras debieron producir un gran sentimiento de alivio en los cristianos viejos de Novelda, pues la eterna amenaza de sublevación morisca con apoyo turco se había materializado en la rebelión granadina, rebelión que no solo se había sofocado, sino que había actuado como espoleta para atacar y vencer a la flota turca. En adelante, las medidas represivas contra la población morisca se intensificarán de forma importante; la vestimenta, el habla y los ritos árabes serán prohibidos, mientras que el consell de la villa se encargará de la aculturación de los niños moriscos, medidas dirigidas contra una población que, con la llegada de los deportados de Granada pasará de 1.200 a 1.800 moriscos en apenas unos años. En esos momentos, solo uno de cada diez habitantes de Novelda es cristiano viejo.


Tras Lepanto, Luis Crespo, como cualquiera de sus paisanos, debió sentirse como súbdito del Pueblo Elegido de Dios; la monarquía católica española. ¿Acaso Dios no les había regalado un nuevo mundo, lleno de recursos y riquezas? ¿Y no era su obligación, por tanto, utilizar ese poder para defender y expandir su Iglesia? ¿Y acaso no había protegido Dios a los ejércitos católicos en su descomunal lucha contra el infiel y el hereje? Además, por esos años llegan noticias de una expedición que, dirigida por Miguel de Legazpi, ha conseguido establecer una colonia en las Islas Filipinas (1565), miles de islas localizadas en las antípodas y bautizadas con el nombre del rey. Nunca antes, desde el día de la creación hasta hoy, ningún hombre ha podido decir lo que Luis Crespo sí puede; que es súbdito de un imperio tan vasto que en él nunca se pone el sol. ¿Qué más pruebas se necesitan?


El camino hasta aquí ha sido largo, duro y, sobre todo, costoso. Costosísimo. A él hemos destinado el inmenso río de oro y plata proveniente de América: conquistar el norte de África (1510), expulsar a los turcos de Viena (1529), someter a los protestantes en Mühlberg (1547), derrotar a los franceses de San Quintin (1557) y vencer la armada turca en Lepanto (1571) son hazañas que han supuesto un coste inconcebible hasta entonces, pues todo ello se ha conseguido sin que Felipe II disponga de un ejército regular, con lo que la mayoría de sus soldados era mercenarios contratados al efecto. Pero al final la monarquía ha conseguido su objetivo, pues parece ser que, por fin, todos los enemigos han sido derrotados.


Bueno, queda un fleco por cerrar, pero insignificante si se compara con la magnitud de las gestas anteriores. La herejía protestante ha tomado un nuevo impulso con las ideas de Juan Calvino, un pastor luterano que justifica la resistencia al rey, incluso la guerra, cuando éste se niega a adoptar las medidas reformadoras, toda una novedad desde que en 1517 Lutero colgó sus tesis en la iglesia de Wittemberg. El calvinismo ha salido de Suiza y se ha extendido por Francia con los hugonotes, donde incluso es apoyado por familias muy importantes, como los Borbones, directos rivales de los Anjou, a quienes disputan el trono de Francia. Pero esta primera intentona se ha frenado de forma brutal con La Matanza de San Bartolomé (1572), cuando los católicos de Paris masacraron sistemáticamente a los seguidores calvinistas.


Pero el calvinismo también ha penetrado en la misma monarquía española expandiéndose por uno de sus territorios más emblemáticos, lo cual es algo totalmente inadmisible: en 1565, los herejes han convertido unos disturbios por la carestía de la vida en una rebelión en toda regla. La gobernadora del lugar, tía del rey, aconseja al monarca moderación en la respuesta. Pero viendo como Francia se aboca a la guerra civil precisamente por adoptar políticas de apaciguamiento, Felipe II decide ser contundente desde el primer momento. La suerte está echada y Margarita de Parma ya no puede hacer nada; el duque de Alba y sus tercios italianos entran en Flandes.

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   ÚLTIMA MODIFICACIÓN

         31 OCTUBRE 2020

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