TdQE XI: LLOBREGAT.

A principios del siglo XVI, en el período de Fernando El Católico, la ciudad de Toledo tiene todas las papeletas para convertirse en la futura capital de España.  Además de ser la antigua capital visigótica es, con mucho, la mayor ciudad de Castilla, con más de 30.000 habitantes frente a los poco más de 5.000 que por entonces debía tener Madrid. Desde que Alfonso VI la conquistara a los árabes en 1085, la ciudad no ha parado de crecer en población y en importancia; es la sede primada de España, en ella ha construida Isabel La Católica la magnífica iglesia de San Juan de los Reyes, con deseo expreso de que se la entierre allí, y allí en Toledo su nieto el emperador se dispone a construir el impresionante alcázar que hoy domina la ciudad. Todo indica que Toledo va a seguir los mismos pasos que por entonces dan Londres o París. Pero cincuenta años después, en 1579, Madrid ha crecido hasta los 60.000 habitantes y ha igualado a Toledo, y a finales del siglo, cuando fallece Felipe II, la ciudad del Manzanares supera los 100.000 habitantes y ha dejado atrás a la del Tajo, que incluso ha perdido población. ¿El motivo? En 1561 Felipe II ha establecido en Madrid su corte permanente.

 

Cuatrocientos kilómetros en dirección sureste, y en ese año de 1579, el año en que Madrid supera a Toledo en número de habitantes, nace en algún lugar desconocido Nicolás Llobregat, el primogénito de un matrimonio del que desconocemos el nombre de los padres. Más tarde nacerán sus hermanos Joan (1582) y Antoni (1585). Por motivos que desconocemos, aunque muy probablemente debido a los negocios, esta familia se trasladó a Novelda pocos años después del nacimiento de Antoni, pues sabemos que una de las capillas de la iglesia de San Pedro, que todavía está construyéndose, es patrocinada por el patriarca de los Llobregat, lo que a su vez nos indicaría que estamos ante un ciudadano pudiente, tal vez enriquecido con la expansión económica de finales del siglo XVI que tiene lugar en nuestra zona (capítulo de los Ribelles).

 

Tel vez, y es solo una suposición, la familia se dedicase al negocio de la lana, un producto de origen castellano que ahora sigue un nuevo circuito comercial desde Castilla a Alicante, de donde se exporta hacia Génova, toda vez que la guerra de Flandes ha cerrado el tradicional mercado de la lana castellana. Algo que, por otra parte, también explicaría la significativa llegada de ciudadanos castellanos a Novelda, pues sabemos que la calle San José recibía por entonces el nombre de carrer dels Castellans. Nicolás Llobregat se casará en 1604 con Ysabel Soria en la recién inaugurada iglesia de San Pedro (1602), pero enviudará pocos años después sin que nos conste descendencia, aunque sabemos que se volverá a casar en segunda nupcias. Su hermano Joan Llobregat se casará con Marcela Pérez en 1607, en la misma iglesia, y de ese matrimonio nacerá la primera Llobregat nacida en Novelda; Ysabel Llobregat i Pérez (1608). Entre los tres hermanos Llobregat llegarán a engendrar treinta primos (Joan tendrá 15 hijos), creando la base del futuro éxito de la estirpe. De esta familia de cinco miembros descienden todos los Llobregat que desde entonces han vivido y viven en Novelda.

 

 

Si la familia Llobregat se hubiese dedicado al negocio de la lana, existe cierta posibilidad de que, en algún momento del cambio de siglo, el padre de los Llobregat hubiese viajado a Madrid por motivos de negocios. De ser así, lo que Llobregat se encontró fue una caótica ciudad que ha crecido mucho más allá de su muralla medieval, cuyo núcleo urbano abarca desde el original Alcázar Real (hoy desaparecido, en el lugar donde está el Palacio Real) hasta una rambla que hoy es el Paseo de La Castellana y que va a parar a unos prados (Paseo del Prado), tras los cuales está el bosque de El Retiro, todo ello en las afueras de la villa. Porque hemos de recordar que, desde 1561, Madrid no solo es la capital del reino más poblado de la monarquía española (en Castilla viven 5,5 millones de los algo más de los 7 millones que habitan la península), sino que también es la metrópoli del mayor imperio que jamás ha existido, y que desde 1580 aúna los territorios colonizados por españoles y portugueses (ver capítulo de los López).

 

Cien años antes, en la época de los Reyes Católicos, Madrid era un ciudad de poco más de 5.000 habitantes que vivían dentro de su muralla medieval, una muralla que tenía su entrada principal en la Puerta de Guadalajara, de donde salía el camino de Alcalá (hoy calles Mayor y de Alcalá) y que estaría ubicada en la Calle Mayor, aproximadamente a la altura de lo que hoy es la Plaza Mayor. Allí dentro estaba el Alcázar Real, construido sobre lo que fue el antiguo castillo árabe, que coronaba ese magnífico punto de defensa sobre la orilla este del río Manzanares. El Alcázar estaba rodeado por estrechas callejuelas dentro de sus murallas, que por el este iban poco más allá de lo que hoy es la Ópera mientras que por el sur llegaban a las calles Cava Alta y Cava Baja, donde está el famoso restaurante Casa Lucio. La Plaza de la Villa, donde está el ayuntamiento, era la principal plaza del Madrid medieval.

 

En 1535, en pleno reinado de su nieto el emperador Carlos I, la ciudad ya ha desbocado con mucho el límite de sus murallas. Aunque todavía no existe la Plaza Mayor, sí hay un espacio, fuera de las murallas, que es el principal centro comercial de la ciudad; se la conoce como la Plaza del Arrabal, y de allí parten los caminos de Atocha y de Toledo (hoy calles de Atocha y de Toledo). El arrabal de esa época, de finales del reinado de Carlos I, es más grande que la superficie del interior de la muralla, y se estructura a partir de los cominos de Toledo (hacia el sur), de Atocha (sureste), de Alcalá (este), de Hortaleza (noreste), de Fuencarral y de San Bernardo (norte). Carlos I duplicó la superficie del Alcázar Real, y construirá Nuestra Señora de Atocha (1523 y derribada en el siglo XX). Al final del reinado del emperador la ciudad ya alcanza los 50.000 habitantes.

 

Cuando la elige como sede permanente de las Cortes, y por lo tanto como metrópoli de su gran imperio, Felipe II ordena también la elaboración de un proyecto de ordenación urbanística que incluya todos los arrabales existentes. Sin embargo, conforme avanzaba su reinado se hacía más patente la escasez de recursos, con lo que su desarrollo fue muy lento y totalmente insuficiente para absorber el rapidísimo incremento de la población, que a finales de su reinado ya está cerca de los 100.000 habitantes. Es Felipe II quien diseña e inicia la construcción de la magnífica Plaza Mayor, una de las más antiguas de España, además de construir el Puente de Segovia, sobre el río Manzanares, y volver a ampliar el Alcázar Real. Durante su reinado, la superficie de Madrid se doblará de 134 a 282 Has., mientras que el número de inmuebles más que se triplicará, de 2.200 a 7.600 casas. Tal hacinamiento fue lo que le impulsó a construir su más emblemático proyecto lejos de Madrid, el magnífico Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (ver capítulo de los Cantó). También construyó la Casa de Campo, en los bosques de El Pardo, y el Monasterio de Las Descalzas Reales. De ese momento son también edificios relacionados con la llegada de los nobles a la corte (Casa de las Siete Chimeneas) o con la actividad cortesana, como los famosos corrales de comedias El Príncipe, La Pacheca o Burguillos, donde se representarán las grandes obras del Siglo de Oro que ahora comienza.

 

En el momento en que los Llobregat llegan a Novelda, con Felipe III, el crecimiento de Madrid continuará con fuerza hacia el este, como en tiempos de su padre, llegando sus límites hasta la rambla que hoy es La Castellana y hasta los Prados que hay antes del bosque de El Retiro. Este es el Madrid que se encontraría Llobregat si a él hubiera venido por motivos de negocio, como al principio suponíamos; un Madrid que hoy en día queda perfectamente identificado y que nosotros conocemos como el Madrid de los Austrias. En ese momento siguen proyectándose grandes obras, pues al principio del siglo XVII se construirá la Colegiata de San Isidro (1608), el Palacio de los Consejos (1608), el Convento de los Padres Capuchinos (1612) y el Real Monasterio de la Encarnación (1611). Felipe III terminaría la Plaza Mayor que comenzó su padre, construyendo en ella la Casa de la Panadería, y también intervendría en el Alcázar Real, modificando su fachada. Un Alcazar Real que, no olvidemos, es, junto con el Monasterio de El Escorial, el centro político del mundo, un mundo del que Felipe III es tan señor hegemónico y dominante cono lo era su padre, Felipe II.

 

Aunque parece ser que Felipe III solo reina, pues dicen que el que manda de verdad, el que realmente corta el bacalao y decide qué se hace y qué no se hace, es el señor Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, primer Duque de Lerma. El Duque de Lerma es el primero de los grandes validos del siglo XVII, aquellos personajes muy cercanos al rey, generalmente por motivos de amistad, en los cuales el monarca descarga la mayor parte de sus decisiones. Francisco Gómez pertenece a la casa de Sandoval, una casa noble que cayó en desgracia cuando su antepasado se posicionó contra Isabel La Católica en la Guerra de Sucesión Castellana, cien años atrás (1475-1479). Pero el tiempo todo lo cura y Francisco Gómez de Sandoval se dispone a rehabilitar a su estirpe y colocarla en el lugar que le corresponde, algo que consigue plenamente, como se puede comprobar si visitamos el conjunto palaciego en que convirtió a la villa de Lerma.

 

El duque de Lerma está en estos momentos muy ocupado y muy preocupado. La hacienda española ha quebrado tres veces en los últimos veinte años y la monarquía está inmersa en tres guerras simultáneas (cuatro hasta hace nada). Además Castilla, exhausta por las grandes exacciones fiscales a que está sujeta, ha entrado en una crisis cuya duración y magnitud en ese momento nadie es capaz de imaginar. Procede afrontar la reducción de gastos (ya empezábamos con los recortes) y la pacificación del imperio. Las consecuencias de esta nueva política van a ser, en general, más o menos aceptables para la monarquía, pero para nuestra pueblo, para Novelda, van a suponer una catástrofe de tal magnitud que a punto está de borrarnos del mapa.

 

 

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