TdQE X: LÓPEZ.

Durante todo el siglo XV y hasta mediados del siglo XVI, las baronías de Novelda y Monóvar, al igual que otras posesiones como la de Mogente, estuvieron vinculadas a la misma casa nobiliaria, la de los Maça de Lliçana. Se trataba, por tanto, de uno de los señoríos más extensos de la zona, pues sabemos que vecinos de Novelda eran propietarios de tierras situadas más allá de L’Alguenya, Las Encebras o El Rodiguillo. Tan es así, que el señorío llegó a lindar con tierras de Murcia, pues nos constan conflictos fronterizos entre el señor de Novelda y el Adelantado de Murcia, conflictos que incluían, por ejemplo, la disputa de El Pinós entre Jumilla y Monóvar. Pero pasada la mitad del siglo XVI, aparecen pleitos sucesorios entre los herederos, pleitos que sentenciaban la unidad del mismo (1571) pero que eran recurridos una y otra vez, hasta que finalmente, poco después de 1578, se dictamina la separación de dichas baronías, quedando Monóvar definitivamente desvinculada de las posesiones de los Maça de Lliçana. En ese año de 1578 nacía en un lugar desconocido Juan Llópez i Bernabeu, apodado El Menor, pues era hijo de Juan Llópez y de Lleonor Bernabeu. Juan El Menor Llópez i Bernabeu será el primer López que llegue a Novelda, donde se casará en 1602 con Marianna Pérez, en la recién inaugurada iglesia de San Pedro, a la que todavía le faltaba por construir el campanario. De Juan y Marianna nacerá Juan López i Pérez, en 1617, quien será el primer López nacido en Novelda y del cual descienden aproximadamente la mitad de los López que hoy habitan en Novelda.

Y decimos la mitad porque Miguel Ángel Cantó nos cuenta que el apellido López, debido a su amplitud y abundancia, es uno de los que más linajes trajo a Novelda; hasta quince llegadas de ese apellido tendrán lugar en el pueblo. Sin embargo, la mayoría de dichos linajes se extinguirán más o menos tarde, siendo uno de ellos, proveniente de Alpera (Albecete) a mediados del siglo XVIII, el otro linaje López que más éxito ha tenido y del que descienden la otra mitad de los López de Novelda.


Pero al tiempo que se daba esta escisión, se producía la anexión más importante de la historia de la Península Ibérica: la anexión de Portugal a la Monarquía Española en 1580. Efectivamente, tras la muerte sin descendientes de Sebatián I de Portugal, en 1578, las cortes proclaman rey a su tío-abuelo Enrique. Todo legal, pero con un pequeño problema; Enrique era cardenal de la Iglesia Católica. Felipe II, que era hijo del emperador y de Isabel de Portugal, vio claramente la oportunidad de sumar un nuevo reino a su monarquía, y cuando el cardenal Enrique solicitó a la Santa Sede permiso para dejar la curia y tener descendencia, ésta, presionada por el monarca español, se la denegó. Enrique gobernaría como Enrique I El Casto, y a su muerte, en 1580, el país comenzaría un debate legal sobre quién debería ser el nuevo rey. Felipe II, que era el tercer candidato en la línea de sucesión, supo que los portugueses no estaban por la labor de perder su independencia, con lo que decidió no esperar y procedió a la inmediata invasión del país vecino, enviando tropas bajo el mando, cómo no, del duque de Alba. El duque derrotaría a las tropas que se oponían al rey católico, lideradas por el prior de Crato, en la batalla de Alcántara (1581), y poco más tarde las Cortes de Tomar, no sin antes recibir suficientes garantías y grandes privilegios, aceptaban a Felipe como su rey, con el nombre de Felipe I de Portugal.



Si en el capítulo de los Crespo veíamos como, tras la fundación de Manila (1565), Luis Crespo podía decir que era súbdito de un imperio en el que nunca se ponía el sol, Juan López puede decir lo mismo pero con un imperio el doble de grande; el mayor que nunca ha visto ni volverá a ver la humanidad. Porque los territorios que incorpora Portugal a la monarquía católica son extensísimos, comenzando por Brasil en América, siguiendo por las islas del Atlántico (Azores, Cabo Verde, Madeira) y costas africanas (Ceuta, Tánger, Guinea, Angola, Mozambique) y terminando con las colonias asiáticas (Ormuz en el golfo pésico, Calcuta en la India, Macao y Formosa en China o las Molucas y Timor en Polinesia). Y todo esto se añade a los territorios que ya tiene España, es decir; la península ibérica, los dominios de Europa (Países Bajos, el Franco Condado, El Milanesado, Sicilia, Nápoles, Cerdeña), las posesiones de África (Melilla, Orán, Islas Canarias) y todos los territorios americanos desde la línea California -Texas - La Florida hasta la Antártida. Faltan palabras para describir esta vastísima extensión de tierras.


Un extensísimo imperio que va a cumplir su primer centenario en 1592, que es cuando debieron llegar a Novelda Juan Llópez El Mayor con su esposa e hijos. ¿Qué sabían Juan Llópez y Lleonor Pérez de América? ¿Conocían las increíbles hazañas que otros súbditos de la monarquía estaban viviendo en el Nuevo Mundo? Pues, al parecer, no mucho, pues las gestas que celebraba al pueblo eran las victorias militares de sus duques, príncipes y virreyes. Así, los nombres del Gran Capitán, duque de Alba, don Juan de Austria, Álvaro de Bazán, o Alejandro Farnesio gozaban de un alto prestigio que oscurecía al de los conquistadores, algo que se debía a la alta alcurnia de los primeros en comparación con la baja estirpe de los segundos, y que no cambió hasta que más tarde, en el siglo XIX, el romanticismo trajo la necesidad de ensalzar los héroes y mitos nacionales, que fue cuando los nombres de los conquistadores se expandieron por nuestras calles y plazas.


Porque eso fueron aquellos intrépidos conquistadores; marineros, soldados, pequeña nobleza, aventureros, incluso presidiarios, formaban el grueso de las partidas que recorrieron distancias inconcebibles para la época (y aún para hoy) y que dieron a Castilla el mayor imperio jamás conocido. De hecho, como es archisabido, todo empezó con un marinero que se dirigió al rey de Portugal pidiendo su patrocinio para buscar un nuevo trayecto hacia Asia, ya que la tradicional ruta europea estaba bloqueada por el Imperio Turco. Portugal, que por entonces era el reino pionero en exploraciones, con mucho éxito en África y el Atlántico (Bartolomé Dias acababa de doblar el cabo de Buena Esperanza, 1487), no mostró mucho interés, y el proyecto acabó fructificando en Castilla, que hasta entonces solo había llegado hasta las Islas Canarias, a medio conquistar desde 1477. El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón tocaba tierra en La Española (República Dominicana-Haití), creyendo que había llegado a las Indias. A su regreso, los reyes le nombraron señor de todo lo que conquistara. En el segundo viaje fue con 15 carabelas y 1.200 hombres; estableció un fuerte que llamó La Isabela (en honor de la reina Isabel, 1493), creó una factoría comercial y siguió explorando la zona, descubriendo Puerto Rico y Jamaica (a las que llamó San Juan y Santiago, 1494). Durante los otros viajes que hizo, hasta un total de cuatro, tocaría las costas de Venezuela y Panamá, así como Honduras, Nicaragua y Costa Rica, aunque siguió pensando que había llegado a las Indias. Pero las desavenencias entre Colón y los Reyes Católicos no hacían más que crecer, hasta que finalmente, en 1499, Fernando El Católico dio por finalizado el monopolio y ofreció capitulaciones y encomiendas a todo el que las solicitara.


Cuando la noticia del descubrimiento llegó a Portugal, los lusos se apresuraron a reclamar que todas aquellas tierras quedaban bajo su jurisdicción por el tratada de Alcaçovas, lo cual era cierto, pero acabaron aceptando la decisión del Papado de otorgar aquellas tierras a Castillas (algo para lo que no tenía jurisdicción, Bulas Alejandrinas de 1493), lo que acabó sellándose en el Tratado de Tordesillas (1494). En cualquier caso, los portugueses seguían muy ocupados en sus descubrimiento asiáticos (habían llegado a Calcuta en 1497), y no enviaron una expedición hasta 1500, cuando Álvares Cabral se topó con el Brasil.


Las noticias tampoco tardaron en extenderse por Europa, pero de momento solo reaccionó Inglaterra, que en 1497 aceptó la oferta de otro marinero genovés que, debido al monopolio con Colón, había sido rechazado por los monarcas españoles. John Cabot pretendía encontrar un paso hacia las Indias por el norte; el Paso del Noroeste. La primera expedición llegó a Terranova, y en un segundo viaje exploró la costa norteamericana, aunque sin fundar ningún establecimiento. En cualquier caso, la Inglaterra de entonces no tenía potencial económico ni humano para hacer mucho más, motivo por el cual su colonización tardó casi cien años en comenzar, cuando el pirata Raleigh fundó una colonia a la que llamó Virginia (1585), en honor a la reina Isabel I, la Reina Virgen. Pero para entonces, los castellanos ya habían hecho los deberes, y los habían hecho muy diligentemente.


Un hidalgo venido a menos, soldado en la guerra de Granada, fue el primero que aprovechó la apertura de las encomiendas del Rey Católico: exploró las costas al sur del Caribe, encontró el lago Maracaibo, y al ver las casas flotantes de los indígenas, la bautizó Pequeña Venecia, o Venezuela. Era Alonso de Ojeda. Fundó el primer asentamiento de América en el continente, Santa Cruz (La Guaijira, 1499). Fernando El Católico lo nombró gobernador de Nueva Andalucía (Panamá). En esas expediciones también viajaba un marinero que tenía amplios conocimientos de geografía, y que sería el protagonista del gran giro que iba a dar esta historia: Américo Vespuccio. Pues en 1507 el impresor alemán Waldseemüller publica su Universalis Cosmographia, primer mapa donde aparecen las nuevas tierras y que, por una cadena de infortunios, en lugar de llamarse Colombia llevan el nombre del Sr. Vespucio: América.


Entre los que acompañaron a Colón en sus viajes posteriores, había otro veterano de la guerra de Granada que se asentó en La Española. Años más tarde, en 1510, exploró la isla que Colón bautizó como San Juan, donde fondeó en un precioso puerto natural al que llamó Puerto Rico. Era Ponce de León, quien posteriormente continuó explorando hacia el norte y se encontró con una tierra llena de exuberante vegetación tropical, por lo que la llamó La Florida, desembarcando cerca de un cabo pantanoso al que bautizó Cabo Cañaveral. En aquellos primeros viajes también participó un noble que exploró una gran isla situada al norte de La Española, una isla que los indígenas llamaban Cubagua: Diego Velázquez sería nombrado el primer gobernador de Cuba, fundando las siete primeras ciudades de la isla, entre ellas San Cristóbal de La Habana (1514) y Santiago de Cuba (1515), donde moriría en 1524. Velázquez fue una persona muy importante en estos primeros momentos, pues fue el encomendador de numerosas exploraciones por los alrededores.


Aquellos aventureros corrieron todo tipo de suertes. Por ejemplo, uno de ellos hizo una pequeña fortuna con la que montó un negocio en La Española, pero quebró y tuvo que escapar de allí huyendo de sus acreedores. Recaló en Nueva Andalucía (Panamá), donde dirigió una expedición que acabó descubriendo un nuevo océano en 1513. Era Vasco Núñez de Balboa y lo bautizó como Mar del Sur, nombre que desde entonces ha quedado como el segundo apelativo del Océano Pacífico. O Hernández de Córdoba, un rico encomendero al que Diego de Velázquez encomendó la exploración de los mares al occidente de Cuba. Llegó a una pequeña isla llena de figuras femeninas, a la que llamó Isla Mujeres, y fue el descubridor del Yucatán (1517). Fue además el primer occidental que se topó con una civilización avanzada en el Nuevo Mundo, los aztecas, de quienes huyó en un accidentado viaje de retorno que le llevó hasta La Florida.


O un alcalde cubano que, poco más tarde, se enemistó con el gobernador Diego Velázquez e ignoró su orden de suspender la encomienda de explorar el Yucatán. Era Hernán Cortes, quien con un puñado de hombres, y haciendo uso de engaños y triquiñuelas, en 1520 derrotó a toda la civilización azteca de Moctezuma (y a los soldados españoles que Velázquez envío en su busca y captura). En sus exploraciones posteriores descubrió y exploró la Baja California (1534).


Los éxitos eran tan grandes que incluso navegantes portugueses se pusieron a disposición de Fernando El Católico. Uno de ellos obtuvo la encomienda de buscar un paso hacia el Mar del Sur, aquél que había descubierto Balboa. Era Juan Díaz de Solís, y aunque no lo consiguió, llegó hasta Punta del Este, y lo que es más importante, descubrió el Mar del Plata (1516), poniendo límite por el sur a la expansión de la colonia portuguesa del Brasil (unos días antes de que los indígenas se lo comieran). U otro que años más tarde, ignorado por la corte de Lisboa, obtuvo la misma encomienda del Emperador, y esta vez sí, consiguió pasar al Mar del Sur (1520)… y más allá. Era Fernando de Magallanes, cuya expedición, que finalizó Juan Sebastián Elcano, acabó realizando la primera circunnavegación del planeta (1522). Aquél extensísimo Mar del Sur les pareció tan tranquilo que lo llamaron Océano Pacífico.


Y aquello era inacabable; no parecía tener fin, como debió pensar un personaje que exploró con Alonso de Ojeda las costas de Venezuela y que ahora iniciaba la exploración de lo que los nativos llamaban El Birú. Era Francisco Pizarro, quien se encontró con otra civilización avanzada, los Incas, a la que también conquistó capturando a su líder Atahualpa (1534). Un país, El Perú, donde diez años más tarde se descubriría un gigantesco yacimiento de plata; El Potosí (1545). O un soldado que luchó en Italia a las órdenes del Gran Capitán y que, en 1528, iniciaba la exploración de la península de La Florida; Núñez Cabeza de Vaca desembarcó en la bahía de Tampa, cruzo los Everglades, fue atacado por los indios apalaches, descubrió el Mississipi (al que bautizó Espíritu Santo), se adentró en Tejas y remontó el Río Bravo, hasta que consiguió volver a La Habana dos años después (1528-1526). O Francisco de Orellana, que empezando con una expedición con Gonzalo Pizarro, acabó navegando el río Amazonas hasta su desembocadura, un río de 7.000 kilómetros de longitud. Como vemos, un ritmo absolutamente trepidante, pues en apenas cuatro décadas quedaban exploradas las costa del centro, sur y parte del norte de América, se había derrotado a las civilizaciones indígenas, se habían establecido numerosas factorías y los metales preciosos ya circulaban hacia la metrópoli en cantidades muy importantes. ¡Y todavía faltan cincuenta años para que los ingleses establezcan su primera colonia, y casi cien para que llegue el Mayflower! Si esto no es eficiencia no sé lo que será.


Si Hollywood hubiera sido español, en lugar de un género de películas sobre el oeste tendríamos un género sobre la conquista de América. Sin lugar a dudas.

Toda esta sucesión de descubrimientos, aventuras y enfrentamientos ocurrió mientras aquí, en Novelda, el poblado del llano seguía siendo todavía una villa enteramente mudéjar, con los pocos cristianos residentes habitando en el cerro de La Mola. Acababa de ser sofocada la revuelta de Las Germanías, y todavía estaban por venir la conversión forzosa de los mudéjares, la creación de la parroquia de Novelda, el nuevo obispado de Orihuela y el comienzo de la construcción de la iglesia de San Pedro. Desde luego, aquello sí era un contraste entre dos mundos totalmente distintos.

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   ÚLTIMA MODIFICACIÓN

         30 AGOSTO 2020

OTOÑO 1224