TdQE XII: BELTRÁ.

Cuando Felipe III nace en 1578, es el heredero del mayor imperio que jamás ha visto el planeta, tal como lo contamos en el capítulo dedicado a los López. Veinte años más tarde, cuando se prepara para suceder a su enfermo padre, la monarquía hispánica está envuelta en cuatro guerras simultáneas que la están desangrando hasta más allá de la extenuación. Flandes, Inglaterra, Francia y la guerra Austro-Turca son insaciables sumideros por donde se pierden los ejércitos y los millones de ducados que la Hacienda Real recauda tanto de las Indias como de la exhausta Castilla. Por ello, Felipe II declara la tercera de sus bancarrotas en 1596, dos años antes de su muerte, dejando a la hacienda sin recursos y sin posibilidad de endeudarse. Es momento de echar el freno, detener la sangría de hombres y dinero, y repensar la situación de la monarquía. Así lo entiende Felipe III a su llegada al trono (1598), o quizá debamos decir Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y pronto duque de Lerma, el primero de los grandes validos que gobernarán en nombre del rey y que atesorarán un poder extraordinario. Su objetivo será acabar con las guerras, reducir los ejércitos y recortar los gastos de la monarquía.


De hecho, el proceso pacificador había comenzado poco antes de la muerte de Felipe II, cuando en 1596 el monarca español acepta las presiones del Papado y decide poner fin a la guerra con Francia, la que mantenía con Enrique IV (aquel del “París bien vale una misa”, véase capítulo de los Ribelles) porque su abjuración del calvinismo de 1594 no se la creyó nadie. En cualquier caso, la paz firmada en Vervins tampoco se la creyó nadie, y las hostilidades entre Francia y España volverán en las próximas décadas con gravísimas consecuencias para este lado de los Pirineos. Con el nuevo siglo también moría la reina Isabel de Inglaterra (1603), y en su sucesor Jacobo I fructifican los esfuerzos de Lerma para poner fin a una guerra que había cosechado significativos fracasos, rechazando tres intentos de invasión (siendo el de la Armada Invencible de 1588 el más recordado) y una derrota terrestre en suelo irlandés (Kinsale, 1601). En 1604 se firmaba la Paz de Londres. Al mismo tiempo, Lerma limitará considerablemente el envío de hombres y dinero a la otra rama de los Habsburgo, la que gobierna el imperio que mantiene guerras con los turcos desde 1525 (guerras que todavía se prolongarán doscientos años más).


En este momento, en 1605, es cuando llega a Novelda Joan Beltrán. Proveniente de Elche, Joan Beltrán se casa ese año con Ángela Miralles en la iglesia de San Pedro, que ya se inauguró en 1602 pero a la que todavía le falta por terminar el campanario. A pesar de llevar el mismo apellido, Ángela Miralles no está relacionada con la familia de Ginés Miralles, el primer Miralles que llegó a Novelda en 1575, pues es nacida en Jumilla. Todos los apellidos Beltrá que hay en Novelda provienen de este matrimonio.


Del asentamiento de los Beltrá tenemos información reveladora de que sus primeros años debieron ser muy convulsos. Primero, no nos consta que Joan Beltrán haya bautizado ningún hijo en la parroquia de San Pedro, pero treinta años después, en 1635, aparece en Novelda Baltasar Beltrá, muy posiblemente hijo del anterior, casado con María Seller, de donde deducimos que la familia Beltrán abandonó Novelda y que su hijo regresó treinta años después. Pero sabemos más cosas; sabemos que la familia abandonó Novelda no antes de 1609 y que, además, el padre no les acompañó a su nuevo destino. ¿Cómo lo sabemos? Pues porque nos consta que el padre, Joan Beltrán, fue asesinado el 23 de octubre de 1609. Así está registrado en los libros de San Pedro.


No sabemos nada de los motivos por los cuales la familia Beltrán abandonó Novelda, y mucho menos de las causas del asesinato del padre, pero sí conocemos bien determinados asuntos internacionales que se combinaron para acabar cerniéndose sobre Novelda en la mayor tragedia que jamás ha sufrido nuestro pueblo, la cual tuvo lugar, precisamente, muy poco antes del asesinato de Joan Beltrán. Tan graves fueron estos acontecimientos que no es posible descartar que no estén relacionados con su asesinato.


Decíamos que la monarquía española consiguió firmar las paces con Francia e Inglaterra en el cambio de siglo. Tras ello, al duque de Lerma solo le queda terminar la guerra con Flandes, aquella rebelión que iba a ser aplastada por el duque de Alba en unos meses (capítulo de los Crespo) y que acaba de superar los treinta años de duración, con las provincias rebeldes del norte resistiendo los ataques de los tercios españoles. Pero estas negociaciones serán muy distintas a las dos anteriores, porque 1) Flandes no es un estado soberano, sino un territorio legítimamente propiedad del rey de España, y 2) los herejes-rebeldes exigen que el rey católico renuncia a la soberanía sobre sus territorios, motivos más que suficientes para que las negociaciones de paz tengan muchos detractores. No obstante ello, la situación de la monarquía es absolutamente crítica, con lo que finalmente, en 1606, se llega a un acuerdo de alto el fuego, que después se convertirá en la Tregua de los Doce Años (1608), un acuerdo que incluye la cesión de la soberanía de los territorios al archiduque de Austria. Acaba de nacer una nación; Holanda. Las provincias rebeldes nunca más volverán a ser españolas, y desde entonces serán internacionalmente tratadas como una potencia comercial independiente. Como muestra de esa potencia basta un botón: todavía en plena guerra, en 1602, los holandeses ya habían creado la Compañía de las Indias Orientales, y tras la firma de la tregua, enviaron a un marinero inglés a Norteamérica en busca del Paso del Noroeste. En su viaje, Henry Hudson exploró el río que lleva su nombre, tomando posesión de una pequeña isla situada en la desembocadura. Cinco años después, los holandeses se instalaban en dicha isla, a la que los indígenas llamaban Manhattan, y fundaron el asentamiento de Nueva Amsterdam (lo que más tarde sería Nueva York).



La Tregua de los Doce años es un bombazo a nivel internacional. El imperio español no solo acaba de reconocer su impotencia para vencer al calvinismo dentro de sus fronteras, sino que les ha entregado un trozo de su territorio, un hecho que es celebrado como una victoria propia (otra más) en las cortes de Londres y de París, y que en Roma genera el comentario de Paulo V diciendo que supone “el hundimiento de la autoridad del rey católico”. También en Madrid, en clave interna, la facción de Lerma es duramente criticada, con lo que se impone la necesidad de dar un golpe de efecto que restituya la reputación de la monarquía católica como defensora de la Cristiandad. Relacionado con esto, en los años sucesivos el duque de Lerma mudará su postura sobre la expulsión de los moriscos, una medida que se decidió tras la rebelión de Las Alpujarras pero que no se había llevado a cabo por la negativa de los nobles afectados, entre los que se encontraba el propio duque, entonces marqués de Denia, afectado de lleno por el gran número de moriscos que pagaban rentas en sus tierras. Tras dos años de presiones y negociaciones, el 4 de agosto de 1609 el Consejo de Castilla decretó la expulsión de los moriscos de las tierras hispanas (aunque lo hace en secreto, para no crear alarma en las comunidades afectadas).



La expulsión de los moriscos fue, por tanto, una decisión puramente política, y pudo ser adoptada porque apenas afectaba a Castilla, el principal reino de la monarquía con 5,5 millones de habitantes de los 7 que viven en toda la península, mientras que los reinos afectados, sobre todo el de Valencia, tenían una nobleza bastante dócil con respecto a las decisiones tomadas en la corte, y especialmente ante una decisión que viene directamente del primer noble valenciano. Además, la expulsión comenzará precisamente por el reino de Valencia, pues allí viven la mitad de los moriscos españoles, 130.000 de los 280.000 que van a ser expulsados.


El golpe para esta tierra será brutal: de los 400.000 habitantes que tiene el reino de Valencia a principios de siglo, serán expulsados 130.000 moriscos. En principio un 33%; pero si pensamos que entre los moriscos no había ni nobles, ni personas del clero ni funcionarios del estado, podemos estimar que la expulsión afectó a la mitad de la población activa. A pesar de la docilidad de la nobleza valenciana, la decisión sí produjo alguna protesta, como la de los señores de Manises y de Canet, que alertaban de la catástrofe que iba a supone dejar a los señoríos sin aquellos habitantes que pagaban las rentas ¿Cómo iban, por tanto, los señores a devolver sus deudas? Nada se consiguió. Por tanto, la expulsión de los moriscos, en la que apenas se detiene la historia de España, es un hecho central de la historia del País Valenciano. Y si es un hecho central para la historia de Valencia, ¿cómo calificarlo para la historia de Novelda, dónde el 80% de sus 2.800 habitantes iban a ser expulsados? Creo que no exageramos mucho si decimos que Novelda fue refundada en 1609.


El día 22 de septiembre de 1609 el virrey de Valencia hacía público el decreto de expulsión de los moriscos valencianos, dándoles solo dos semanas para abandonar sus hogares y ser enviados a África. Solo podían llevar consigo aquello que pudieran transportar. Se establecieron como puntos de embarque los puertos de Vinarós, Valencia, Cullera, Denia y Alicante, donde previamente se había concentrado las flotas Mediterránea y Oceánica. También se había desplegado los tercios italianos para custodiar el desarrollo de la expulsión. El 9 de octubre de 1609, precisamente un 9 de octubre, unos 2.200 noveldenses abandonaban el que había sido el pueblo de sus antepasados durante los últimos novecientos años. A efectos comparativos, los antepasados más antiguos de nosotros llegaron aquí hace unos cuatrocientos años.


Cuando trato de imaginar ese momento, el de la salida de los moriscos de Novelda, siempre me viene a la mente una escena de la película de Steven Spielber “La Lista de Schindler”; aquella que muestra magistralmente la evacuación del gueto de Varsovia, cuando batallones de soldados alemanes sacan de sus casas a los hacinados habitantes y los escoltan hasta los trenes de la evacuación, con esa genialidad cinematgráfica que fue poner el único punto de color de toda la película en el abrigo rojo de una niña perdida en medio del caos. Algo muy parecido debió ocurrir en Novelda en 1609. Aquellos 2.300 vecinos se unirían a otras columnas procedentes de Elda, Petrer, Aspe, Monóvar, Crevillente y Elche, todos ellos con destino a Alicante. Unos 8.000 moriscos fueron embarcados desde Alicante con destino a Argelia. Para la posterioridad nos ha quedado el famoso cuadro “Embarque los Moriscos en el Puerto de Alicante”, de Pere Oromig.


La Novelda que amaneció el 10 de octubre de 1609 debió un ser pueblo fantasmagórico; casas vacías, eco en las calles, puertas y ventanas abiertas, tierras y aperos abandonados, restos de la marcha por doquier… Y en esa ciudad, en esas circunstancias, fue cuando se produjo al asesinato de Joan Beltrán, pues ocurrió el 23 de ese mismo mes de octubre, apenas dos semanas después de la expulsión. Las suposiciones, los interrogantes y los misterios se multiplican en nuestra imaginación; ¿quién fue el asesino? ¿Algún morisco que no abandonó el pueblo y quedó emboscado en él? ¿Sería Joan Beltrá un componente de las milicias locales encargado de “limpiar” la zona? ¿O fue otro noveldense con quién discutió por apropiarse del algún bien abandonado por uno de los moriscos? Desde luego, aquí hay todo un campo para los amantes de los thrillers históricos.


Veinte años más tarde volverá a Novelda el que probablemente fue su hijo, Baltasar Beltrá, que en algún lugar se ha casado con María Seller. En Novelda tendrán su primera hija, Joanna Beltrá i Seller (1636), la primera Beltrá nacida en Novelda. Baltasar y María tendrán nueve hijos más, de los que cuatro varones (Joan, Damià, Llorenç y Baltasar) se casarán y tendrán hijos en Novelda, comenzando una de las estirpes más exitosas de nuestro pueblo.


Novelda tardará más de cien años en volver a superar los 2.500 habitantes. Tras la expulsión, son apenas 500 las personas que se quedan en una villa que, hasta el día anterior, superaba las 2.800 almas. Vienen ahora los años de la repoblación, de la verdadera repoblación, pues como hemos visto en los capítulos publicados hasta ahora, la llegada de cristianos fue mínima en los doscientos años posteriores a la conquista de Jaume II, y solo se aceleró a mediados del siglo XVI, hace apenas cincuenta años, cuando se crean el obispado de Orihuela, la parroquia de Novelda y comienza el traslado de los habitantes desde el cerro de La Mola al llano. Será en este momento cuando, en un breve espacio de tiempo, veremos llegar a Novelda a la mayoría de los apellidos que hoy viven en el pueblo. La idiosincrasia noveldera está a punto de nacer.

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         30 AGOSTO 2020

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