TdQE IV: MIRALLES.

El final de la Reconquista, como es bien sabido, no supuso la paz entre cristianos y musulmanes, sino que el campo de batalla se trasladó al Mediterráneo y a sus costas. Por ejemplo, cuando el Papa restablece la visigótica Diócesis de Cartagena, tras un pequeño paréntesis de 650 años, la ciudad es asaltada tan frecuentemente que su inseguridad es el motivo que se aduce, en 1289, para trasladar su sede a la ciudad de Murcia (iniciándose entonces las obras de su magnífica catedral).


Es entonces, tras la toma de Granada, cuando Fernando El Católico y el Cardenal Cisneros inician las campañas para acabar con las bases del norte de África. Melilla se ocupará sin resistencia en 1505, que es cuando se incorpora a España, y el brillante marino Pedro Navarro conquistará Orán (1509), Bujía (1510), Argel (1510) i Túnez (1510), llegando hasta la lejana Trípoli (1511). Tiempo de éxito y victorias que, como siempre sucede, no dura para siempre. En 1516 muere Fernando El Católico, justo cuando surge la imponente figura de Barbarroja, pirata berberisco que logra apoderarse del Reino de Argel (1516) y establecer allí el primer estado pirata de la Historia, al que más tarde añadirá Túnez. Pero es que, además, de oriente llega una amenaza todavía más formidable, los turcos, que en 1453 han conquistado la milenaria capital del Imperio Bizantino, Constantinopla (en adelante Estambul), y tras la cual, como piezas de dominó, caerán Atenas (1456), Belgrado (1521) y Budapest (1541), llegando a sitiar la misma Viena (1529). En África conquistarán Egipto (1516). Barbarroja tiene ahora como aliado a Solimán El Magnífico, el sultán turco que, en reconocimiento de sus hazañas, lo nombra almirante de su flota. Los dos conforman un tandem mortal que se adueñará del Mediterráneo de uno a otro extremo.


Un mar que vive entonces la época dorada de los corsarios berberiscos, ahora al servicio de la armada turca. Denia (1519), Cullera (1532), La Vila Joyosa (1538), Polop (1540), Guardamar (1543), Benissa (1550), San Juan (1551) y Alicante (1550) sufren en sus carnes la ferocidad de los ataques, y esto solo en nuestra provincia, lo que da una idea del tamaño de la catástrofe. Porque no se trataba solo de desembarcar y saquear, (¡ojalá!), ya que dichos ataques resultaban en la huida de jubilosos moriscos y la toma de cristianos cautivos, el peor destino para un paisano de la época. La reconquista de Túnez por parte de Carlos I (1535), y otros éxitos más próximos, como el rechazo de sendas galeotas en Cap Negre (1546) i las peñas del Albir (1547), son heroicas hazañas que, sin embargo, no cambiarán un ápice el desalentador panorama. Panorama que se ensombrece aún más cuando la armada de Andrea Doria, enviada a la conquista de Argel, sufra los embates del mal tiempo y acabe en estrepitoso fracaso, con el emperador de la cristiandad derrotado por unos piratas. Humillado, a Carlos I no le queda otra que firmar una vergonzante tregua con los infieles.


Esta es la herencia que recibe el príncipe Felipe (más bien el marrón), cuando su padre, para que vaya practicando, le encomienda la gobernación de los reinos españoles. Consciente del absoluto dominio turco y atendiendo a las súplicas de sus súbditos, el príncipe se decide por reforzar las defensas costeras. Es el momento en que se construyen las fabulosas murallas de Ibiza (1555) o la ciudadela de Rosas (1552). Y también las murallas de Alicante, que serán financiadas íntegramente por la Generalitat, institución que, además, iniciará la construcción de más de cien torres vigías, siendo la de El Campello una de las mejor conservadas. Unas torres que, al contrario de lo que se pueda pensar, no se encienden cuando hay un ataque, sino cuando no lo hay, pues lo hacen tres veces al día para lanzar el tranquilizador mensaje de “no hay moros en la costa”.


Pero esas torres no se construyen solo en la costa; también se ubican en el interior, enlazando con poblaciones tierra adentro. Es el caso de Monforte, donde a tal efecto se acondiciona la torre del castillo, hoy desaparecido, y que algunos sostienen que es la base sobre la que se construye el campanario actual de la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves. Y aquí, alrededor de esta torre, aparece por primera vez Pere Miralles. De él sabemos que había nacido en Monforte, alrededor de 1520, con lo que tuvo noticias de primera mano de todo lo que hemos contado. Y en Monforte se casa con Marianna Ortega, en 1545, en pleno auge de la piratería. Ya no sabemos nada más, pero viviendo en una pequeña población alrededor de una torre vigía, no es arriesgado aventurar que Pere participó en las partidas de vigilancia que se organizaban en la zona, tanto de día como de noche, para dar la alarma en caso de ataque. Lo que sí sabemos es que, en 1551, Pere y Marianna tienen al primero de sus tres hijos, Ginés Miralles i Ortega, quien a la postre sería el primer Miralles que llegará a Novelda, y del cual descienden la mayoría de los Miralles de nuestra ciudad (pues hay otra línea, mucho menos numerosa, que llega al pueblo en 1860, también procedente de Monforte)


Tampoco sabemos mucho del Monforte de aquella época. Básicamente, los documentos dicen que existía un castillo y un poblado desde la Guerra de los Dos Pedros (siglo XIV), y que era universidad de Alicante, es decir, poblado o caserío sujeto a la jurisdicción de la villa de Alicante. Tampoco está claro cuál era su población en aquella época, pues hemos encontramos cifras que van desde 120 a más de 1.000 habitantes, lo que podría ser una exageración. Lo que sí está claro es que la población morisca era insignificante, apenas unas familias, ya que éstos se sentirían más seguros en aljamas más grandes, y la de Novelda, con más de mil moriscos, actuaría como polo de atracción.


No sabemos cuando pero Ginés Miralles se traslada a Novelda antes de 1575, pues en ese año sabemos que se casa con Ysabel Aznar en la iglesia de Santa María (hoy San Felip). Es la Novelda que gobierna Cosme Abad y donde se está construyendo la iglesia de San Padro, obra que nosotros intuimos supervisada por Damià Cantó. Ginés e Ysabel tendrán cinco hijos, de los que el primogénito, Ginés Miralles i Aznar (1592), será el primer Miralles nacido en Novelda, y cuyo apellido se quedará aquí hasta nuestros días.


Los contactos entre Novelda y Monforte debieron ser muy frecuentes entonces, pues hablamos de en una pequeña comunidad cristiana que, viviendo muy preocupada por los ataques berberiscos, albergaba en su seno una importante población morisca, lo que implicaría mutuo interés en el sistema defensivo de la zona, del que la torre de Monforte era baluarte destacado. Y en esta Novelda vivirá Ginés Miralles con su esposa e hijos, una Novelda que cada noche se acostaría preocupada por si llegaban galeras a la costa, galeras que podrían traer más de mil piratas a bordo, saqueadores berberiscos que, al descender por El Portitxol, se encontrarían con un par de villas defendidas por poco más de 300 cristianos, pero que en su seno albergaban una comunidad con más de mil moriscos, moriscos dispuestos a rebelarse y a colaborar con los asaltantes.


Una pesadilla con fundadas razones de ser, como conocieron otros pueblos, pero que pronto se vería superada por la realidad pues, poco más tarde, una región parecida a la nuestra, de la noche a la mañana se hundiría en uno de los episodios más violentos, crueles y sanguinarios de nuestra larga historia. Y mira que los hemos tenido.

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   ÚLTIMA MODIFICACIÓN

         31 OCTUBRE 2020

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