TdQE XIII: ESCOLANO.

El apellido Escolano llega a Novelda poco antes de la expulsión de los moriscos, pues en la década de 1600 tenemos en el pueblo tres hermanos y una hermana que son hijos de Jaume Escolano y Joanna Escolano, quienes se habían casado en algún lugar desconocido en 1577. El mayor de ellos, Bertomeu Escolano, se casará con Isabel Pérez en 1608, justo un año antes de la expulsión de los moriscos. Se casan en la iglesia de San Pedro, que acaba de terminar su flamante su primer campanario (1607), campanario que conocemos porque existen fotografías, ya que no fue demolido hasta 1909, cuando se construyó el actual que hoy podemos admirar. Bertomeu e Isabel tardarán doce en año en tener su primera hija, a la que pondrán el nombre de Ysabel (1620). De Isabel Pérez, la mujer de Bertomeu, sabemos que era hija de Joan Pérez, un herrero proveniente de Carcaixent que fue el primer Pérez que llegó a Novelda. Por lo tanto, los Escolano han emparentado con un artesano, una clase que socialmente estaba por encima de los jornaleros y campesinos.

Su hermano Francés Escolano se casó dos años más tarde, en 1610, con Leonor Miralles. De Francés y Leonor nacerá en 1612 el primer Escolano nacido en Novelda, Francisco Escolano i Miralles. Francés enviudará pronto y volverá a casarse más tarde, en 1617, con Luisa Gil. Finalmente, el tercer hijo Jaume Escolano se casará con otra Ángela Pérez en 1611, con quien tendrá siete hijos. A la pequeña y única hija de los Escolano, Isabel Escolano, le perdemos el rastro, pues parece que no se casó en Novelda. De estos tres hermanos, o mejor de su Padre Jaume Escolano, provienen todos los apellidos Escolano que hay hoy en Novelda. Entre ellos tres engendrarán veintiún primos, dando inicio a una de las estirpes más exitosas de Novelda.


Por lo tanto, los Escolano son testigos de primera mano del momento de inflexión que supuso para Novelda la expulsión de los moriscos (ver capítulo de los Beltrá). Todos eran adultos el 9 de octubre de 1609, el día de la expulsión, pues tenían entre 29 y 19 años, con lo que fueron parte de las 600 personas que se quedaron en un pueblo que, el día antes de la expulsión, contaba con 2.800 habitantes. ¡Lo que daríamos hoy en día por conocer sus impresiones de entonces!


La vida de los Escolano sufre un cambio radical desde ese momento, pues se encuentran rodeados de casas abandonadas y tierras sin cultivar. En la Novelda post-expulsión se adivinan dos núcleos de población bien diferenciados; por un lado está el casco urbano, cerrado desde lo que hoy es Travessia y Plaça del Pais Valencià hasta el extremo norte en la calle Daoiz y Velarde, y por otro el Ravalet, el núcleo extramuros alrededor de lo que hoy es la calle San Pedro. En este lugar se habían ido concentrando los moriscos durante los últimos cien años, al tiempo que los cristianos viejos llegados al pueblo se asentaban en el núcleo alrededor la antigua iglesia de Santa María (Sant Felip). En esos primeros años del siglo XVII ya está bastante definida la plaza mayor (hoy Plaza Vieja), lo cual es un fenómeno, este de las plazas mayores, relativamente nuevo, pues aparece por esos años, cuando el crecimiento demográfico del siglo anterior obliga a la intervención en los cascos urbanos medievales (también la de Madrid, una de las más antiguas de España, se terminó en 1602, como vimos en el capítulo de los Llobregat). Es muy posible, aunque difícil de constatar, que la nueva plaza mayor provocase un desplazamiento del centro neurálgico de Novelda hacia el este, pues cuando era una villa totalmente morisca, su mayor plaza, su centro, podría haber sido la Plaçecta de la Creu. La expulsión de los moriscos ha dejado prácticamente vacío todo el Ravalet, pero también una gran parte del núcleo amurallado. Los nuevos habitantes ocuparán las casas vacías y construirán nuevas viviendas que, por lo general, serán de mayor superficie que las ocupadas por los moriscos. Estás nuevas viviendas se desarrollarán entre la plaza vieja y la salida hacia San Roque, quizá en algún punto de la calle San José, una calle que por entonces era conocida como de Els Castellans, porque ahí se asentaron repobladores provenientes de Castilla.


También sabemos que la acequia mayor bajaba junto al camino de Los Molinos, y que al llegar a lo que hoy es la Plaza de la Magdalena se dividía en dos ramales, llamados de El Bany i de l’Assenet, y que una vez dentro del pueblo daba lugar a lo que se llamaba “l’abeurador de Crespo”. Recordamos que los Crespo ya estaban en Novelda desde la década de 1560, con lo que el hecho de que un punto tan importante de la villa lleve su nombre podría indicarnos cierta relevancia social o económica.


La vida de los Escolano y de sus vecinos se enfrenta a un cambio crítico en sus vidas, como hemos dicho antes; un cambio evidente, brutal y al que hay que adaptarse rápidamente. Pero por esas fechas también se está dando otro cambio, o mejor dicho sigue dándose desde hace tiempo. Un cambio menos evidente y no tan brusco, pero cuyos efectos sobre Novelda serán mucho más profundos y duraderos que cualquiera de los que se hayan dado en toda su historia. Bueno, sobre Novelda y sobre toda la Humanidad: hablamos de los cambios en las ideas y en los pensamientos, en la forma de ver el mundo.

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Porque precisamente en 1609, en el año de la expulsión de los moriscos, un profesor de física y astronomía de la Universidad de Pisa recibe una carta de un ex-alumno en la que habla de un aparato óptico, inventado en Holanda, que aumenta hasta tres veces la imagen de los objetos. El profesor perfeccionará magníficamente el invento y conseguirá aumentos de hasta veinte veces. Galileo Galilei había inventado el telescopio. Galileo se pasara ese año y el siguiente observando la Luna, los planetas, las estrellas y la Vía Láctea, y realizará numerosos descubrimientos, como las montañas de la Luna, los anillos de Saturno o las lunas de Júpiter, así como nuevas estrellas; todo ello novedades que no estaban previstas en las teorías aristotélicas, las que forman la Escolástica que dominaba en ese momento la enseñanza universitaria.

Pero el descubrimiento más espectacular de todos, el que hará tambalearse los cimientos de todo el sistema aristotélico, será la prueba de que son la tierra y los planetas los que giran alrededor del Sol (teoría heliocéntrica) y no el Sol y los planetas los que giran alrededor de la Tierra (teoría geocéntrica). Esta teoría no es nueva, pues había sido adelantada por el brillante Nicolás Copérnico casi cien años antes. Lo que hace Galileo es demostrar mediante observaciones incuestionables, hasta más allá de toda duda, la exactitud de esa teoría. Los primeros momentos son triunfales, contando como éxito cada una de sus explicaciones en las universidades y cortes del norte de Italia. En 1610 publicará sus teorías en la obra Siderius Nuncius, donde pulverizará la teoría geocéntrica. Pero poco después, en 1612, la Congregación del Santo Oficio, entonces conocida como la Inquisición y hoy en día como la Congregación para la Doctrina de la Fe, acusó a Galileo de no respetar las teorías aristotélicas y las Sagradas Escrituras. En 1616 la teoría heliocéntrica era prohibida, y en 1633 Galielo será detenido y torturado hasta que renegó de sus propias teorías (tras lo cual dijo aquello de “Y sin embargo se mueve”, refiriéndose a la Tierra).


Poco importaba ya. El método de Galileo Galilei para la observación del mundo fue tan exitoso que sus teorías se impusieron ampliamente, de tal forma que hasta la Iglesia Católica, su principal adversaria, no tuvo más remedio que cambiar de opinión y autorizar las obras de Galileo “solo” cien años más tarde, en 1742. El método inductivo, el conocimiento del mundo a través de las observaciones, se había impuesto abrumadoramente al método escolástico basado en la deducción de los clásicos y de las Sagradas Escrituras.


También en 1609, un huérfano francés de once años ingresaba en un colegio jesuita para estudiar física y filosofía escolástica. Es un niño muy curioso, que no cesa de preguntar “por qué” y al que su padre llama cariñosamente el pequeño filósofo. Se trata de René Descartes, quien más tarde estudiará física, medicina y derecho en la universidad de Poitiers, pero que acabará instalándose en Holanda (en las provincias rebeldes, como vimos en el capítulo de los Beltrá) donde publicará su obra el Discurso del Método, en 1637. Resumiendo mucho, lo que Descartes vino a decir es que todo debía ponerse en duda y que ninguna cosa debía aceptarse como verdadera sin haber conocido antes una evidencia empírica de que así fuera. Si las teorías de Galileo fueron un golpe para la Escolástica, las de Descartes fueron una bomba atómica; desde ese momento, cada universidad, cada estudio general, tuvo que decidir si adoptaba el método cartesiano o si, por el contrario, seguía ceñida a la enseñanza de la escolástica. Las que hicieron lo primero se convirtieron en fértiles campos de ideas e innovación; las que hicieron lo segundo entraron en una espiral de decadencia que acabaría por llevarlas a la más absoluta de las insignificancias, como les ocurrió a las hasta entonces punteras universidades españolas.


Descartes se aplicó tan diligentemente sus teorías que llegó a dudar de su propia existencia; si no se fiaba de lo que veía, oía o tocaba porque sus sentidos podían ser engañados de sus prejuicios o su imaginación, ¿cómo podía asegurar que él, el propio Descartes, existía realmente? Podemos imaginar su angustia hasta que se la apareció la prueba indiscutible de que él mismo existía; existía porque pensaba. Pienso, luego existo. Irrefutable.


Galileo y Descartes acaban de poner los cimientos, los muy sólidos cimientos, de una nueva forma de observar la naturaleza que iba a cambiar el mundo hasta extremos absolutamente inimaginables: había nacido el método científico. Para ser breve y concreto: la historia del teléfono móvil que tienes en tus manos empezó aquí. Porque, efectivamente, menos de cincuenta años después de la publicación del método de Descartes, en 1685, la caída de una manzana fue la evidencia que necesitaba Newton para descubrir la Ley de la Gravitación Universal y las Leyes de la Dinámica, las que, ni más ni menos, nos explican cómo y porqué se mueven las cosas. Y poco más tarde, en 1695, Thomas Savery, un ingeniero inglés preocupado por el problema de la acumulación de aguas en las minas, aplicaría las Leyes de la Dinámica de Newton para diseñar una máquina que, aprovechando el vapor de agua, podía bombear el agua moviéndose por sí sola.


En menos de un siglo, el método científico ha sembrado la semilla de la revolución industrial. Todavía falta tiempo para que ocurra, pero cuando todo empiece, el proceso se acelerará vertiginosamente; las máquinas han llegado para revolucionar nuestras vidas.


Consejo: pregunta siempre por qué, pregunta por qué a la respuesta de cada por qué, y sobre todo, no aceptes nunca un “porque es así”, porque esta respuesta es la muerte del pensamiento crítico.


Corolario: No tenemos obligación de conocer todas las respuestas, pero sí de hacernos todas las preguntas.

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   ÚLTIMA MODIFICACIÓN

         31 OCTUBRE 2020

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