TdQE VI: SABATER.

 

El apellido Sabater es uno de los apellidos más antiguos de Novelda. Miguel Ángel Cantó nos dice que, al final de siglo XVI, había en Novelda cinco líneas con ese apellido, por lo que es muy probable que estuvieran emparentadas entre ellas. De ser así, dichas familias serían descendientes de un mismo antepasado que habría llegado a principios del siglo XVI, lo cual significaría, por otra parte, que dicho antepasado habitó en el Castillo de la Mola, pues es en el cerro donde se instalaban los cristianos procedentes de otros lugares, algo que fue así hasta poco antes de 1535, que es cuando se crea la parroquia de Novelda (como vimos en el capítulo de los Abad) y cuando se acelera el traslado de sus habitantes al llano, hasta el punto de que, pocos años después, la fortaleza quedarà definitivamente deshabitada.

 

En aquel momento, a principios del siglo XVI, el Castillo de la Mola y el poblado del llano son dos mundos antagónicos; arriba en el cerro viven unos 100 cristianos, mientras que en el llano habitaban casi 900 mudéjares. El primer grupo está formado por servidores, guardianes y colonos que han llegado con la corriente repobladora de aquella época. Los segundos, los mudéjares, son una comunidad que, por entonces, ya lleva setecientos años viviendo en las huertas del rio. Hasta ahora, las relaciones entre ambos asentamientos no han sido especialmente conflictivas, pues la nobleza valora muy positivamente el papel de los mudéjares en sus feudos, ya sea como mano de obra dócil o como soldados de las levas que tan asiduamente levantan, pues continuamente se enzarzan en luchas y guerras al más puro estilo Juego de Tronos. Una prueba de esa concordia es la creación de la morería de Monforte en 1459, una orden real de Juan II (padre de Fernando el Católico) como ordenación de la convivencia entre las tres religiones del momento. Pero las cosas empezaron a cambiar; quizá lentamente al principio, pero de forma abrupta tras las Germanías (1520-1522), la revuelta del campesinado cristiano contra sus señores, entre cuyos motivos, que son muchos y muy complejos, estaba precisamente el trato favorecedor a los mudéjares, a los que, además, se acusaba de connivencia con los piratas berberiscos que por entonces asolaban la costa levantina (ver capítulo de los Miralles). Durante esa revuelta, los agermanats realizaron bautizos forzosos y masivos de mudéjares, bautizos que finalmente fueron declarados válidos por Carlos I en 1525 quien, además, los haría obligatorios para todos los mudéjares de sus reinos. Se iniciaba así una fase de intolerancia religiosa que solo podía acabar de forma trágica, que es como acabó casi cien caños después.

 

Pere Sabater debió ser un descendiente de esos pobladores que bajaron al llano tras la creación de la parroquia de Novelda. De él apenas sabemos nada; solo que se casa en 1552, probablemente en Santa María, aunque no podemos asegurarlo. Su hijo Llois (1562) se casaría con Catarina García en la misma iglesia en 1587. Por las mismas fechas aparece otro Sabater, también llamado Pere, muy probablemente familiar de los anteriores, que nace alrededor de 1565 y también se casa con Ángela Sala en Santa María en 1596. De este Pere Sabater descienden todos los Sabeter que hoy viven en Novelda, pues las otras ramas del apellido acabaron extinguiéndose. Sabemos, además, que la capilla de la Virgen del Remedio de la iglesia de San Pedro, que entonces se está construyendo, es patrocinada por la familia Sabater, lo que avalaría considerar a esta familia como ciudadanos económicamente relevantes, posiblemente agricultores terratenientes, algo consecuente con el hecho de que las primeras condiciones de repoblación fueron muy ventajosas.

 

Cuando los primeros Sabater descendieron al llano debieron sentir que se mudaban de país, con estructuras, costumbres y ritos totalmente árabes. Vivirán, además, rodeados por los protegidos del señor, quienes, por lo tanto, perjudican sus aspiraciones. Además, pasado el medio siglo son solo 300 cristianos en una villa con 2.400 habitantes, aunque eso sí; van a ser la minoría dominante.  Porque es entonces cuando empieza a cambiar la fisonomía de la villa; en primer lugar ya no hay mezquita, pues ésta se ha reconvertido en la iglesia de Santa María; después irán llegando las personas relevantes del lugar, como representantes del señor, gobernadores, sacerdotes y hasta ocho “familiares” de la Inquisición (ver el capítulo de los Abad). Más aún; la aljama, la asamblea local, ha sido rebautizada como Consell, y ahora ya es dirigida por cristianos viejos, pues hasta entonces era gestionada por prohombres moriscos, un consell que ya organiza fiestas en honor de San Pedro, con profusión de pirotecnia, juglares y juegos de pelota. Pero el ambiente que se respiraba en la calle, el que desprende la villa, seguía siendo el de toda la vida; túnicas, turbantes y pañuelos abarrotaban las callejuelas alrededor de la antigua mezquita; la lengua que se oía por las callejuelas que desembocan en la Replaçeta de La Creu eran una algarabía donde el catalán brillaba por su ausencia, y en la carnicería de la Plaza Mayor solo se puede comprar carne de ternera y de cabra. Y si salías por la puerta del sur, el Rabalet, el barrio popular apelmazado contra los muros de la villa (alrededor de San Pedro y lo que hoy es Travessia), debía parecer una zona todavía más hostil. Y la gota que colmaba el vaso; la inaceptable lentitud con que avanzan las obras de la iglesia de San Pedro, cuya construcción se inicia en 1555 y que todavía no se ha acabado cuando se casa Pere Sabater, en tarde como 1596, muestra más que evidente del escaso interés por los asuntos de la Iglesia. Y por si todo esto no fuera suficiente, a menos de 30 kilómetros, en las playas de Alicante, siempre la amenaza de una incursión berberisca que, cruzando El Portitxol, llegue hasta Novelda y cuente con la colaboración de los moriscos locales, algo que, sin duda, supondría el cautiverio y la esclavitud para muchos de los habitantes de la ciudad.

 

Es entonces cuando el consell de la villa adopta una serie de medidas que buscan  aculturar a los moriscos, medidas que son cada vez más duras y exigentes. Así, se decretó que el carnicero fuera cristiano viejo; se prohibió la vestimenta tradicional árabe e incluso el uso público de su lengua; se procedió al desarme de la comunidad morisca, requisando todo tipo de armas, tanto blancas como de fuego (constan dos arcabuces), y se prohíbe toda actividad en domingo, además de decretarse la asistencia obligatoria a misa, algo que debía controlar el alguacil. Y aún peor; en adelante, el consejo se encargará de la educación de los niños moriscos, contratando para ello a un maestro que impartiría las clases juntos al hospital de San Diego. Lógicamente, quedó prohibida toda manifestación religiosa y cultural que no fuera cristiana. A la Inquisición se le amontonaba la faena.

 

 

En ese ambiente de miedo, desconfianza y represión debió llegar, a principios de 1569, una noticia heladora, sobrecogedora, terrible; los moriscos de Granada se habían levantado contra los cristianos y se habían hecho fuertes en la montañosa región de las Alpujarras. La revuelta había comenzado el mismo día de Navidad de 1568, añadiendo sacrilegio a la traición, y dos años después los amotinados, que no hacían más que crecer gracias a la unión de más poblaciones y al apoyo que recibían de Argel, no solo habían resistido los ataques de los tercios de los marqueses de Mondéjar y de los Vélez (1569), que ya es decir, si no que habían pasado al ataque permitiéndose el atrevimiento de asaltar ciudades tan importantes como Berja (1570) y de enviar cientos de cristianos cautivos a África, y todo ello dejando  un reguero de destrucción, saña y violencia como no se veía desde hacía mucho tiempo. La peor pesadilla de los cristianos se había hecho realidad en Granada; una región huertana, con fácil acceso al mar y donde la gran mayoría de la población era de origen árabe. Exactamente igual que en Novelda.

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