Alfonso IX se impone como rey de León

 

LÉON, abril 1188. Como era de esperar, a la muerte de Fernando II (51) se han desatado las hostilidades entre la reina consorte Urraca López de Haro y el primogénito Alfonso (17), fruto del matrimonio del rey con Urraca de Portugal que posteriormente fue disuelto por la Santa Sede. Alfonso había abandonado la corte de León ante el peligro que suponía el control de la misma por parte de su madrastra y su poderosa familia, afín al rey castellano Alfonso VIII.

 

Tan pronto como falleció el rey, los López de Haro propusieron al hijo de Urraca, Sancho (2), como rey de León y a su madre como regente, alegando la ilegalidad del matrimonio de los padres del primogénito (pero obviando que el papado había legitimado el nacimiento de Alfonso). Claramente, detrás de esta maniobra estaba el cada día más poderoso Alfonso VIII, señor de los López de Haro, y se dice que también Sancho de Portugal, que habría pactado la división del reino con Castilla. De hecho, fuentes bien informadas han declarado que, durante unos meses, el reino leonés ha estado en peligro de desaparición.

 

Pero Urraca no recibió el apoyo de la mayor parte de la nobleza, sobre todo de la de origen gallego, que apoyó a Alfonso en su regreso a León donde fue coronado rey en abril de 1188. Ante la llegada del heredero y de los nobles que le apoyaban Urraca y los López de Haro optaron por abandonar León y refugiarse en Castilla.

 

La proclamación tuvo lugar ante una asamblea de prohombres donde, por primera vez, fueron formalmente convocadas las ocho ciudades principales del reino: Salamanca, Zamora, Oviedo, Toro, Astorga, Benavente, Ledesma y Ciudad Rodrigo. Esta extraordinaria convocatoria ha sido juzgada por los analistas como un símbolo de debilidad, ya que tal novedad solo es explicable por las necesidades económicas del reino y por la falta de apoyo de parte de la nobleza, muy descontenta por cómo su padre ha gestionado el reino en sus últimos años, especialmente en comparación a la Castilla de Alfonso VIII. De hecho, el panorama que debe afrontar Alfonso IX es más que complicado, pues toma las riendas de un reino muy endeudado, con la nobleza dividida y una reducción importante de los recursos debido a las mermas territoriales que ha sufrido en manos de almohades y castellanos.

 

Por orden de su viuda, Fernando II no fue enterrado en Compostela, como era su deseo, sin en el panteón real de San Isidoro de León.

 

 

IMAGEN SUPERIOR: REPRESENTACIÓN DE LA CORONACIÓN DE ALFONSO IX

EN EL CLAUSTRO DE SAN ISIDORO DE LEÓN

 

 

 

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