El ambicioso programa imperial de Enrique VI


​BARI, abril 1195. Tras su coronación como rey de Sicilia las pasadas navidades, el emperador Enrique VI ha reunido una gran dieta en la ciudad italiana de Bari donde, además nombrar a los nuevos magntes del reino de Sicilia, ha comunicado a todas las fuerzas vivas las principales líneas de su programa imperial, unos objetivos muy ambiciosos pero también acordes con el nuevo estatus de Enrique VI; esto es, el monarca más rico y poderoso de su tiempo.


Lógicamente, y entroncando con la secular lucha entre papado e imperio que ya sufrió (y perdió) su padre Federico Barbarroja (Paz de Venecia, 1177), Enrique VI ha declarada la supremacía del imperio como protector de la iglesia cristiana por la gracia de Dios, como lo fue en los originarios tiempos de Constantino. Y como prueba de ello, ha convocado a una nueva cruzada, que sería la cuarta, que tendría como objetivo la recuperación de los Santos Lugares. Para dirigir esta cruzada ha sido elegido Bonifacio de Monferrato, proclamado rey de Jerusalén tras el asesinato de su hermano Conrado.


Pero Enrique VI, que se siente más poderoso que su padre, ha elevado los objetivos mucho más allá; ni más ni menos, ha declarado que la supremacía del Sacro Imperio Románico Germánico se debe aplicar sobre todos los territorios cristianos, lo que recupera las viejas ideas de que 1) debe procurar la unidad de toda la iglesia occidental con la iglesia ortodoxa de Bizancio, y 2) el imperio bizantino también debe reconocer la supremacía del Sacro Imperio y declararse su vasallo. Al respecto, recordamos que, con la conquista de Sicilia, las posesiones del Sacro Imperio y del Imperio Bizantino quedan separadas solo por la estrecha franja del Mar Adriático.


Y la guinda de la declaración: Enrique VI ha propuesto directamente que la dignidad imperial se convierta en hereditaria, que esté vinculado al trono de Sicilia y que sean sus herederos los que accedan al trono imperial.


A poco que reflexionemos un poco nos daremos cuenta de la magnitud del envite. De hecho, las declaraciones han sido rechazadas desde multitud de frentes: desde Roma, porque el papa Celestino III no está dispuesto a aceptar la supremacía del imperio; desde el imperio bizantino, porque de ninguna manera Constantinopla piensa declarase vasalla de los germanos; también desde París, que contempla la fortaleza del vecino como su principal amenaza; y finalmente de las poderosas casas alemanas, todas ellas con candidatos a ser elegidos emperador y que tampoco están dispuestas a renunciar a este privilegio.


Como vemos, el Sacro Imperio deberá luchar en múltiples frentes y ante poderosos enemigos para las pretensiones de Bari. Las dificultades serán, por tanto, máximas, pero desde luego, si alguien puede conseguirlas en este momento, si alguien dispone del dinero, los recursos y los hombres para hacerlo, ese no es otro que Enrique VI.


IMAGEN SUPERIOR: ELECCIÓN DE BONIFACIO DE MONFERRATO COMO LÍDER DE LA IV CRUZADA

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