Una Castilla herida resiste la alianza de León, Navarra y los almohades

 

TARAZONA, marzo 1197. La mediación de Alfonso II de Aragón y la intervención de Roma han evitado importantes mermas territoriales de Castilla, que ha visto como tres de sus cuatro vecinos se coaligaban para atacar a Alfonso VIII aprovechando el estado de extrema debilidad en que había quedado su ejército tras la derrota de Alarcos en julio de 1195.

 

Tan pronto finalizó la batalla de Alarcos, el magnate castellano al servicio del califa Pedro Fernández de Castro, a cuyo cargo se encuentran las relaciones almohades con los reinos cristianos, ha propuesta a Alfonso IX la alizanza con el califa Al Mansur para intensificar los ataques contra Castilla, sabedor de que el monarca leonés ha sido constantemente atacado y avasallado por su primo Alfonso VIII de Castilla. Sancho VII de Navarra, en una situación muy similar, se unió a la alianza más tarde.

 

El primero en atacar fue Alfonso IX de León quien, con el apoyo de tropas almohades, arrasó la disputada Tierra de Campos y llegó hasta Carrión, la plaza donde, en 1188, el rey leonés fue humillado por el castellano cuando aceptó convertirse en su vasallo y ceder esta tierra a Castilla. Por su parte Alfonso VIII, que ni mucho menos está en condiciones de presentar batalla, ha conseguido importantes apoyos en el campo de la diplomacia, obteniendo el respaldo del papa de Roma, quien ha excomulgado al rey leonés por aliarse con los almohades.

 

Los contundentes efectos de la excomunión, que libera a los vasallos de la lealtad jurada ante el excomulgado y permite que éste sea atacado por otros príncipes cristianos, ha sido aprovechada rápidamente por Sancho I de Portugal, que ha atacado la frontera occidental del reino leonés. No obstante, Alfonso IX y sus refuerzos aliados se volvieron hacia el oeste y derrotaron a las tropas de Sancho I en la cruenta batalla de Ervas Tenras, la cual devino en una carnicería donde perdieron la vida numerosos nobles portugueses.

 

Por su parte, los almohades se lanzaron sobre las tierras al norte del río Tajo y tomaron sin oposición Trujillo y Santa Cruz . Solo Plasencia, fundada en 1188 y firme devota de Alfonso VIII, resistió a los almohades, aunque acabó cediendo y fue totalmente arrasada por las tropas africanas. La expedición almohade continuó tomando al asalto el castillo de Piedrabuena y arrasando los campos de Talavera, Maqueda y Toledo que fue sitiada pero que, defendida por el arzobispo de Toledo, no pudo ser tomada. En la primavera siguiente, en 1197, lo almohades se lanzaron sobre Madrid y sitiaron la villa, pero ésta fue defendida por Diego López de Haro y las milicias concejiles. Tras levantar el cerco y de regreso a Córdoba, los musulmanes arrasaron Guadalajara, Alcalá, Uclés, Cuenca y Alarcón. También consiguieron tomar el castillo de Salvatierra, defendido por un puñado de caballeros calatravos.

 

Finalmente, por el este, Sancho VII de Navarra recuperó el castillo de Cuervo, cerca de Logroño, posición que convirtió en su base de operaciones para incursiones contra Soria y La Rioja castellana, hecho que también provocaron su excomunión por parte de Roma.

 

Las cosas comenzaron a mejorar para Alfonso VIII cuando su más fiable aliado, Alfonso II de Aragón, regresó de su peregrinación a Santiago de Compostela e intervino para lograr la paz entres los cristianos. Otro importante aliado fue Roma, cuyos interdictos y excomuniones debilitaban a los afectados de forma importante. Alfonso II de Aragón moriría en abril de 1196, subiendo al trono su hijo Pedro II quien, mediatizado por su madre y tía de Alfonso VIII Sancha de Castilla, todavía reforzó la política aragonesa en favor de Castilla. Así, las conversaciones continuaron por todo 1196 y en marzo del año siguiente se llegaría a un acuerdo en las vistas de Tarazona, donde se ha firmado la paz entre Castilla y sus rivales.

 

Al acuerdo, no obstante, no permite ser muy optimista: las ganancias de los rivales son importantes, y el ejército castellano ya ha comenzado a reconstituirse (recuperó Plasencia el mismo agosto pasado), con lo que es de esperar que la tensión siga instalada entre los reinos cristianos. Definitivamente, los efectos de la batalla de Alarcos están siendo más devastadores de lo que el califa Al Mansur pudo soñar.

 

 

IMAGEN SUPERIOR: ALCÁZAR ÁRABE DE MADRID. EL EJÉRCITO ALMOHADE ACAMPÓ

A SUS PIES, EN LO QUE HOY SON LOS JARDINES DEL CAMPO DEL MORO

 

 

 

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