María de Montpellier, una luchadora incansable



MONTPELLIER, 15 junio 1204. Hoy se ha celebrado en la casa del Temple de Montpellier el casamiento de Pedro II de Aragón (26) con María (24), señora de Montpellier. Con este enlace, Aragón amplía sus dominios en el sur de Francia, donde ya controlaba La Provenza, el Bearn, Comingues y era protector de los condados de Tolosa y Foix. La fortaleza del ejército almohade al sur de Aragón está avivando la vocación de sus monarcas por el norte de los Pirineos, como ya hizo su padre Alfonso II al hacerse con La Provenza y defender la ciudad de Tolosa.


María de Montpellier se vio obligada a luchar toda su vida, prácticamente desde que era una niña hasta el día de su muerte. Detrás de los avatares que pasó se encuentra el hecho de que era la heredera al condado de Montpellier, donde no regía la ley sálica y podía ser heredado por una mujer.


Para empezar era hija del extraño matrimonio formado por el VIII señor de Montpellier, Guillem, y de Eudoxia Commeno, hija del emperador bizantino Manuel I Commeno. Eudoxia se desplazó desde Constantinopla para casarse con Alfonso II de Aragón (precisamente padre de Pedro II), pero cuando llegó a tierras occitanas se enteró del cambio de parecer de su prometido, quien decidió casarse con Sancha de Castilla, tía de Alfonso VIII de Castilla (y en estos momentos madre e importante consejera de su hijo Pedro II de Aragón). A Guillem de Montpellier no le pareció mal emparentar con al emperador de Bizancio y decidió casarse con Eudoxia, de cuyo matrimonio nació María en 1180. Pero Guillem pronto perdió el interés por Eudoxia, repudiándola y casándose con Inés de Casatilla, cuyos hijos disputarán el condado a María.


María creció apartada en la corte, sin madre y en manos de una madrastra que la veía como un obstáculo para las aspiraciones de sus hijos. El primer intento de deshacerse de ella fue casarla, a los 12 años, con el vizconde de Barral y alejarla de Montpellier, pero el conde murió pronto y María volvió a reclamar su condado. De nuevo, con el mismo objetivo, volvieron a casarla con el conde de Comminges, Bernardo IV, que también repudió a María tras tener dos hijas con ella. Pero Bernardo de Comminges fallecía también en 1201, con lo que María volvía a encontrarse viuda por segunda vez con solo 21 años. Entretanto había muerto su padre, Guillém de Montpellier, y el condado había pasado al hijo de mayor de Inés de Castilla. Pero el papa se negó a legitimar dicha sucesión y María recuperó el señorío tras una sublevación de la ciudad que derrocó a su hermano. Fue en ese momento cuando Pedro II de Aragón puso sus ojos en ella con la intención de controlar el condado Montpellier.


Pero Pedro II, que iba a lo que iba, la hizo renunciar a todos sus derechos y a continuación intentó repudiarla, lo que también le valió la hostilidad de la ciudad, de cuya ira escapó por los pelos. Pedro II se alejó de su mujer y mantuvo varias amantes, mientras preparaba la boda con María de Monferrato (hija de Conrado, el rey de Jerusalén que fue asesinado en Tiro por los hashshashins). Fue entonces cuando le historia le dio un respiro: los barones de la ciudad, conocedores de la situación y favorables a María, prepararon una trampa al rey Pedro II: le dijeron que una noble quería tener relaciones con él con la única condición de que el encuentro tuviera lugar a oscuras. Cuando el rey se metió en el lecho, entró la supuesta amante, que no era otra que María de Montpellier. De esa sola noche, María quedó embarazada.


Pero ello no cambió las ideas de Pedro II, quien siguió intentado la anulación del matrimonio y persiguiendo al hijo de su esposa, hasta el punto de que éste sufrió un atentado. Para defenderlo de su padre, María puso al niño bajo la custodia de los caballeros templarios de Montpellier, y más tarde, cuando su marido pidió al papa la anulación del matrimonio, la reina de Aragón se traslado a Roma a defender sus intereses. Fue allí donde murió, en la pobreza y abandonada por todos, el 18 de abril de 1213.


Había dejado un hijo al que, debido a la separación de su marido, puso un nombre distinto a los usuales de la casa de Aragón. Dicen que María acudió a la capilla de Santa María de Las Tablas, donde se encuentran (todavía hoy) las tallas de los doce apóstoles. Allí encendió una vela ante cada talla y dijo que le pondría a su hijo el nombre del apóstol ante el cual la vela tardara más en apagarse. La llama que más duró fue la encendida ante el apóstol Jaime, que fue el nombre que eligió para su hijo. Se trataba del futuro Jaime I, El Conquistador de Valencia y de Mallorca.

IMAGEN SUPERIOR:. MARÍA DE MONTPELLIER

DOMINIOS DE ARAGÓN EN EL SUR DE FRANCIA TRAS LA INCORPORACIÓN DE MONTPELIIER

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