Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, los reyes que encumbraron a Castilla



GUTIERRE-MUÑOZ. 6 octubre 1214. Alfonso VIII de Castilla (59) ha muerto hoy cuando se dirigía con su séquito a Plasencia para entrevistarse con su yerno Alfonso II de Portugal (casado con Urraca de Castilla). La salud del rey se había deteriorado de forma importante tras la victoria de Las Navas de Tolosa dos años atrás, y desde entonces había sufrido graves crisis que, en alguna ocasión, parecieron llevarlo a la muerte, a pesar de lo cual siguió atendiendo los asuntos de Castilla hasta el último minuto. Veinticuatro días después, el día 31 del mismo mes, falleció su esposa Leonor Plantagenet (51, hija de la reina de Inglaterra Leonor de Aquitania), con quien se había casado cuando ambos tenían 14 y 10 años, respectivamente. Bajo su reinado, Castilla se convirtió en el reino más dinámico de Espana (el nombre romance de Hispania) y quedaron sentadas las bases para que su nieto la convirtiera en la potencia dominante de la península Ibérica, posición que ya no abandonaría.


Algo que, en cierta medida, puede calificarse de contra todo pronóstico, pues Alfonso VIII se convirtió en rey de Castilla a los tres años de edad, tras la muerte de su padre Sancho I en 1158 y solo cuatro años después de que su abuelo el emperador Alfonso VII dividiera el reino de León entre Léon, para su hijo Fernando, y Castilla, para Sancho. Se trataba, pues, de una minoría de edad en un reino recién creado, que para más inri había sido acordado entre los dos hijos del emperador que si uno moría el otro heredaría el reino, buscando de nuevo la reunificación de los dominios. Pero cuando se produjo la muerte de Sancho I, una parte de la nobleza castellana, capitaneada por los Pérez de Lara, no aceptó que Castilla volviera a ser gobernada desde León, con lo que se produjo una guerra civil en la que Fernando II de León no dudó en intervenir conquistando Burgos, Segovia y Toledo (1160). Sin apenas tener conciencia de ello, el niño-rey Alfonso estaba sufriendo la primera gran crisis que pudo haber acabado con Castilla.


Pero la resistencia de la nobleza castellana y de varias de sus ciudades, especialmente Soria, permitieron que el niño rey no fuese enviado a León, mientras que, más mal que bien, Castilla se defendía de los ataques leoneses, a los que también se sumaron los pamploneses. Pero diez años después, ante la presión de los almohades y de la misma Roma, que seguía escandalizada por las luchas entre cristianos, todo empezó a cambiar. Así, en los acuerdos de Sahagún de 1170 consiguió arrebatar a Aragón los derechos de conquista sobre el reino de Murcia, mejorando mucho lo acordado por su abuelo el emperador en Tudején (1151). Pero inmediatamente después se volvió contra León y contra Pamplona y recuperaba los territorios perdidos en los primeros años.


A partir de ahí, Alfonso VIII entró en una carrera de éxitos que sorprendió y asustó a todos su vecinos; en 1173 recuperaba La Rioja y atacaba la misma Pamplona, en 1177 conquistaba Cuenca a los almohades, en 1179 todavía mejoraba sus derecho de conquista sobre Murcia en el Tratado de Cazola, y comandó exitosas razias contra los almohades durante los años 80. Tal fue la impresión que esta vertiginosa carrera causó entre sus vecinos, que en 1191 todos ellos se aliaron contra Castilla en la Liga de Huesca, alianza que, en cualquier caso, no fue más allá por la (de nuevo) intervención de la escandalizada Roma. Pero también reaccionaron los peligrosos almohades, cuyo califa al-Mansur decidió cruzar el estrecho y enfrentarse al rey castellano, un Alfonso VIII que, envalentonado por tanto éxito, se enfrentó a los almohades sin las precauciones adecuadas, lo que le costó la dura derrota de Alarcos (1195).


Con el ejército castellano apenas operativo, sus vecinos vieron la oportunidad de arrebatar a Alfonso VIII los territorios en disputa, especialmente la Tierra de Campos con León y La Rioja con Navarra, y para ello no dudaron en aliarse con los mismos almohades. El monarca se encontraba en la segunda de las crisis que pusieron en peligro su reino. Pero de nuevo las acciones no fueron definitivas: la falta de explotación de la victoria de Alarcos por parte de los almohades, la enésimo intervención de Roma y el apoyo de su mejor aliado Alfonso II de Aragón, minimizaron los daños en las Vistas de Tarazona, en 1197.


Y de nuevo la resurrección de Castilla: solo tres años después, Alfonso VIII se lanzaba contra Navarra y le arrebataba no solo La Rioja, sino El Duranguesado y su salida al mar, un golpe terrible para el comercio de la época. Y aún más allá, pues con San Sebastián en su poder, Casatilla conectaba con Gascuña, la tierra que había aportado en dote su mujer Leonor de Aquitania, una empresa que, no obstante, acabó abandonando por la resistencia del rey inglés su cuñado Juan Sin Tierra y por la complejidad de las relaciones en el sur de Francia. Desde entonces, Alfonso VIII se dedicó por entero a preparar una nueva confrontación con los almohades, pero esta vez lo haría con la adecuada planificación y paciencia, consiguiendo la declaración de cruzada contra los almohades, lo que atrajo a caballeros ultrapirenaicos y a los reinos de Navarra y Aragón. Ello llevó a la gran victoria de Las Navas de Tolosa, que ha dejado a las grandes ciudades de Al-Ándalus sin fuerza militar operativa que los defienda.


Sin embargo, la explotación de la victoria no va a ser fácil. Alfonso VIII comenzó recuperando importantes plazas y castillos musulmanes, como los castillos de Alcaraz y Dueñas (entregado a la orden de Calatrava) o Alcalá del Júcar, pero también fracasó contra otras, como Baeza, cuyo sitio se vio obligado a levantar tras un largo e infructuoso asedio. La conquista del resto de Al-Ándalus no parece ser que vaya a ser una empresa fácil. En cualquier caso, ya no será una cuestión suya.


Alfonso VIII y Leonor Plantagenet están enterrados en el monasterio de Santa María de las Huelgas, en Burgos, un cenobio que se levantó por orden de la misma Leonor Plantagenet.


Le sucede como rey de Castilla su hijo Enrique I (tras el fallecimiento en 1211 del primogénito Alfonso), un niño de diez años que, primero, iba a ser regentado por su madre Leonor Plantagenet, pero que tras la muerte de ésta lo será por su hermana mayor Berenguela de Castilla, la que fue esposa de Alfonso IX de León pero cuyo matrimonio fue disuelto por la Santa Sede. Sin embargo, no toda la nobleza está de acuerdo con ello: Álvaro Núñez de Lara (de nuevo la casa Lara) se ha negado a aceptar la regencia de Berenguela y pide para si la custodia del rey niño. Está por ver cómo afectarán a Castilla los problemas de esta minoría, precisamente ahora que no hay una fuerza militar significativa defendiendo Al-Ándalus.

IMAGEN SUPERIOR: SEPULTURAS DE ALFONSO VIII Y LEONOR DE INGLATERRA,

EN EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE LAS HUELGAS, BURGOS

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