El emperador y el papa firman la paz; Roma salvada


SAN GERMANO, 20 julio 1230. Los representantes del papa Gregorio IX y del emperador Federico II han firmado hoy los términos del acuerdo por el cual finaliza la guerra que papado e imperio mantenían desde el regreso del emperador de la Sexta Cruzada, durante la cual consiguió recuperar Jerusalén. Los términos del acuerdo son, a todas luces, un triunfo (otro más) del emperador Federico Hohenstauffen; el papa perdona a Federico II, retira la excomunión que pesaba sobre él y reconoce el éxito de su cruzada levantando el interdicto que interpuso sobe el reino de Jerusalén, del cual el propio Federico II es monarca. A cambio, el emperador devuelve a Roma sus feudos en Sicilia, y se compromete a defender al papa del ataque de sus enemigos. Federico II Hohenstauffen ha conseguido lo que no pudo su abuelo Federico I Barbarroja, quien también se enfrentó a Roma pero fue vencido por las ciudades lombardas en Legnano en 1176, un derrota que se formalizó al año siguiente en la Paz de Venecia. El Tratado de San Germano es el reverso de lo firmado en la ciudad del Adriático hace casi 50 años.


Otro vencedor de la jornada ha sido Hermann Von Salza, el Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Teutónicos, responsable del equipo negociador imperial; a cambio de la devolución al papa de las tenencias teutónicas en Sicilia, Roma concede a los teutónicos la separación total de la Orden Hospitalaria, de la cual nacieron y de la que todavía dependían. Además, les concede la exclusiva de la predicación en las tierras bálticas, donde el emperador ya les había concedido un estado monástico: estamos ante el surgimiento de lo que más tarde será Prusia, un hecho que cambiará la historia de Europa en el este, donde, desde la derrota danesa de Bornhöved (1227), dominaban los ducados polacos y el reino de Hungría.


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El emperador abandonó Acre (y a su amante Margarite de Brienne) a finales de abril del año pasado, 1229, cuando acabó atendiendo las súplicas de su fiel Von Salza, quien llevaba semanas avisando de la grave situación en el sur de Italia, donde las tropas imperiales, al mando de Juan de Brienn (exsuegro de Federico II y anterior rey de Jerusalén) había entrado en el reino de Sicilia amenazando con tomar Nápoles e incluso invadir Sicilia.


El 10 de junio de 1229 la flota imperial llegaba a Brindisi, que todavía no había caído en manos del ejército de San Pedro. Allí, el emperador se encontró con una grave situación; con el apoyo del monasterio de Montecasino y de la villa de Sora, las tropas imperiales habían conquistado Nápoles, y estaban a punto de superar Lucera, la villa insignia donde el emperador residía cuando estaba en la península. Además, muchos efectivos imperiales habían desertado ante el rumor de que el emperador había muerto en Tierra Santa.


El emperador recuperó la iniciativa con una estrategia directa: Conrado von Ulsring, duque de Espoleto, reagruparía las tropas y entraría en los Estados pontificios por San Germano, la frontera entre el reino de Sicilia y los estados papales, pero se detendría en Florentino, a dos jornadas de Roma. Por su parte, Enrique de Morra dirigiría sus tropas a la villa de Sora, la cual sería arrasada y todos sus habitantes pasados a cuchillo. Era la primera vez que Federico II ordenaba masacrar a toda una población.


Los efectos de esta matanza fueron inmediatos: más de doscientas villas se rindieron al emperador, y las tropas de von Ulsring entraron en los estados pontificas y se plantaron ante Roma sin apenas resistencia. Federico II había ganado la guerra. Si el papa no accedía a sus demandas, la Ciudad Eterna sería invadida.


La situación provocó la división en el palacio de Letrán. Gregorio IX, ya nonagenario, se negó a aceptar las condiciones del emperador, pero una buen parte de la Curia quería evitar a toda costa la invasión de Roma y sus graves e impredecibles consecuencias. El Gran Maestre de la orden Teutónica dirigió las negociaciones por la parte imperial, mientras que el obispo de Brescia capitaneaba la delegación romana. Los tiras y aflojas se alargaron durante semanas, con Gregorio IX negándose a recibir a Von Salza y los cardenales de la oposición contactando con él para que rebajase las demandas del emperador. Finalmente, en julio de 1230, las partes llegaron a un acuerdo; el emperador sería perdonado y no habría asalto a Roma.


El emperador y el papa no coincidieron en ningún momento del proceso negociador, ni siquiera en la firma del Tratado. No será hasta varios meses después, el 26 de septiembre de 1230, cuando ambos protagonistas, con apenas un par de acompañantes y sin ningún tipo de publicidad, se vieron en el monasterio de Agnani. Allí el paso besó al emperador y formalizó el perdón pactado en San Germano. Dicen que después se retiraron al refrectorio y cenaron juntos. Ninguno de los dos habló jamás de la conversación que mantuvieron.



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